• Gustavo Luna

El banquete

La mesa estaba llena de tamales. Era una mesa grande. Había comida como para un ejército. Así acaba la cocina al día siguiente en las fiestas decembrinas de mamá. La casa de pronto se impregnaba con ese olor a hoja de maíz recién molido. Un mantel bordado a mano con hermosas flores lilas se dejaban ver entre los tamales, dispuestos al azar por aquí y por allá. Nunca he olvidado esos días de fiesta. Corríamos gustosos con los amigos de la cuadra y, dejando nuestros juegos, entrábamos a nuestro antojo por uno o dos y asta un puño de tamales. Así. Sin calentar. Fríos. Nos sabían a gloria. O a veces, mamá los calentaba en el comal para nosotros.


Dime amigo, ¿cómo se olvida el olor de hoja de tamal quemada?

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